Mi nombre es Sara y tengo 21 años, soy de un pueblo pequeño de Colombia, pero cuando tenía 10 años nos vinimos a vivir a una ciudad grande y empecè a hacer 5º de primaria. A pesar de ser nueva me recibieron bien mis compañeros, excepto por 3 niñas que me hacían comentarios irónicos porque era bajita de estatura y como venìa de un pueblo me decían la pueblerina y la campesina, de forma muy despectiva. Infortunadamente ese año mi mamà y yo tuvimos un accidente en una moto y yo casi me muero y tuvieron que hacerme varias cirugías y además me quedó una cicatriz en la cara que afortunadamente era màs cerca a la oreja y me la cubrìa con el cabello. No perdí el año por que el accidente fuè en el tercer período y como tenía muy buenas notas en el colegio me ayudaron y pude pasar el año.
El siguiente año regresè al colegio, pero iba en silla de ruedas y comenzó mi martirio. Estas niñas con la crueldad màs grande que yo haya visto, se burlaban de mi situación y me apodaron “cara cortada” y para una niña de 11 años eso era un golpe muy duro. Me decían que ningún niño me iba a querer y que me quedarìa solterona. Un dìa inventaron que de una cicatriz de mi pierna salìan gusanos y que no se me acercaran. Mis compañeros algunos se reìan y otros se quedaban callados. Pienso que todos le tenìan miedo a estas niñas, porque eran realmente muy malas personas.
Cuando pasè a usar muletas fuè horrible, a veces sentía deseos de golpearlas con las muletas, pero ellas eran 3 y màs grandes que yo y no había quien me apoyara. Afortunadamente no lo hice, porque al final hubiera salido perdiendo y se me hubiera complicado màs la vida.
Yo no le contaba nada a mi mamà de todo lo que sufrìa todos los días en el colegio, porque ella también estaba mal física y emocionalmente; además se sentía culpable por el accidente. Viviamos con mis abuelos maternos, porque mis papàs se habían separado. Pensè en contarle a mi abuela, pero ella lloraba mucho por nuestra situación y yo no veìa como podía ayudarme.
Un dìa que estaba muy desesperada me arriesguè a contarle a una orientadora del colegio que estas niñas me hacían la vida imposible y resultò diciéndome que yo debía entender que iba a quedar con cicatrices y con una discapacidad y toda la vida me encontrarìa con gente que me molestaría, que no buscara la làstima y que no les prestara atención. Quedè completamente desmoralizada y me fuì al baño a llorar. A final de año le dije a mi mamà que si podía cambiarme de colegio y me dijo que no, por que como era tan cerca de la casa me podía movilizar màs fácilmente con las muletas.
El siguiente año, empecé séptimo grado, ya no usaba muletas y tenìa claro que quedarìa con una cojera permanente. El dìa que volvì había una niña nueva, alta y muy bonita que me saludò muy cariñosa. Me dijo soy Mariana* y soy nueva, nos hicimos buenas amigas. En la primera semana una de las niñas matoneadoras no había asistido a clases y las otras cuando estaban solas no eran tan agresivas. La siguiente semana volvió la líder y cuando me viò entrar me dijo en voz muy alta “Uy cara cortada, ahora sì se fregó además de todo coja. Mi mamà dice que todo cojo es ladròn y todo chiquito es matòn, asi que cuiden sus morrales.” Me sentí muy humillada, pero mi nueva amiga resultò ser una “fiera”. Se enfrentò a estas niñas y les dijo “ ustedes tienen el alma podrida, como pueden ser tan malvadas” y a los compañeros les dijo: “y ustedes por que no la defienden, son unos cobardes. Y si a ustedes les pasara lo mismo también dejarìan que estas malvadas los atacaran?”. Todos se quedaron sorprendidos, y luego la aplaudieron. Estas niñas quedaron mudas porque nadie jamàs las había enfrentado. Ademàs de todo les dijo que si se volvían a meter conmigo las reportaba a la secretarìa de educación porque su abuela trabajaba allà. Despuès me enterè que era mentira, pero todavía me rìo de eso, no todo podía ser llanto. Ella tenìa una capacidad de expresión y una seguridad impresionante y hablaba como una adulta.
Despuès de eso le contè a mi mamà todo lo que me había pasado y me dijo que nunca màs le ocultara lo que me pasaba. Desde ese momento todos los diàs nos reuníamos un rato en la casa a hablar de todo lo que nos pasaba en el dìa y eso me ayudò mucho a sanar emocionalmente.
Por una casualidad días después mi mamà coincidió con la rectora del colegio en una cita mèdica y como tuvieron mucho tiempo de espera, aprovechò y le contò lo que me había pasado, incluida la respuesta de la orientadora. La rectora fuè personalmente al salòn a hablar sobre el bullying y las consecuencias para los alumnos que acosaran a otros y además llamaron a los padres de las niñas.
Ese año llegò otro àngel al colegio, la profesora de música. Querìa hacer un coro y empezó a probar las voces y no solo me eligió, sino que me daba clases de guitarra. Se volvió una actividad que me hacìa feliz y me ayudò a salir de la depresión y a superar los miedos y las inseguridades que me había dejado el bullying.
El siguiente año la líder del matoneo no volvió al colegio y me alegrò mucho, porque aunque no se volvió a meter conmigo, me miraba con rabia y me asustaba mucho. Las otras dos niñas cambiaron y dejaron de meterse conmigo.
Mariana se volvió mi apoyo en el colegio y hasta el dìa de hoy sigue siendo mi mejor amiga.
Nos propusimos estudiar para sacar un buen puntaje en las pruebas saber y entrar a una buena universidad pùblica y lo logramos.
Hoy estoy terminando mi carrera, hablo 3 idiomas, toco guitarra y para ayudarme con mis gastos doy clases de guitarra a niños y trabajo por horas en una plataforma virtual, en inglès. A pesar de lo que me habían dicho las niñas, tengo un novio maravilloso desde hace 1 año y estoy muy feliz .
Gracias a todas las personas que me apoyaron pude salir adelante.
*los nombres de las personas al igual que el de las ciudades han sido cambiados para proteger la privacidad de las personas que escriben su historia.

